Pandemia, confinamiento y paternalismo 
El sesgo paternalista de la política argentina tienta al gobierno a enamorarse de la herramienta de la cuarentena y lo aleja de una mirada estratégica de la situación. La principal problemática a la que se enfrenta el mundo ante la pandemia generada por el Covid-19 es la incertidumbre. La falta de vacunas y tratamientos, asociados al rápido nivel de contagio solo generan dudas respecto de la enfermedad, sus consecuencias y las formas de enfrentarla. La única alternativa es pararnos sobre lo que se hace y los efectos que tiene lo que se hace: Más práctica que conocimiento previo. El politólogo catalán Joan Subirats dijo sobre el Covid-19 que debemos buscar las soluciones en el problema más que en las competencias, es decir, tener la capacidad de mirar la pandemia y elucubrar respuestas desde la pandemia misma y no desde cuan preparados estamos para algo que no conocemos. En el marco de esta incertidumbre, la casi única referencia son los hechos y acciones de quienes han tenido que lidiar con el COVID-19 antes que nosotros. En ese sentido podemos hablar de estrategias de ataque basadas en tres pilares: el confinamiento, la prevención y el fortalecimiento de la infraestructura de salud. El gobierno Argentino con audacia, firmeza e improvisación, tomó rápidamente la decisión del “Aislamiento social preventivo y obligatorio”. Sin embargo al día de hoy parece haberse quedado con esa herramienta como única estrategia y es allí donde empezamos a correr el riesgo de ponernos entre la espada y la pared: los costos del confinamiento se van haciendo cada vez más inabordables y una salida ordenada del mismo se hace casi imposible. El camino del confinamiento tiene consecuencias ineludibles: genera una crisis de oferta dada por la imposibilidad para muchos actores de la economía de ofrecer sus bienes y servicios, lo que un inicial desfinanciamiento que, con el tiempo, se trasforma en desinversión e implica necesariamente caída de actores. Para combatirla el gobierno ha decidido ir por el camino del incentivo a la demanda, poner plata en el bolsillo de los consumidores. Pero se han instrumentado pocos mecanismos para aliviar el peso que tiene sobre sus espaldas la oferta. Nos enfrentamos así a un escenario de emisión monetaria, aumento del gasto y caída de la recaudación por el efecto tenaza de la baja de algunos impuestos y la morosidad que necesariamente implica el contexto. Estas circunstancias complejizan una situación económica que ya era grave antes del surgimiento de la pandemia. En lo político, el confinamiento implica medidas inauditas en términos de restricciones de las libertades individuales con una altísima (y lógica para momentos de crisis) centralización de la toma de decisiones en la figura del Presidente de la Nación. Al mismo tiempo se han restablecido las prioridades y se da un aumento del intervencionismo por parte del Estado. Todo esto con enormes niveles de aceptación social. Estas características se dan en todo el mundo y son eje de la discusión política sobre hasta que punto la emergencia habilita decisiones de este tipo, y como será utilizado dicho concepto de aquí en adelante por los gobiernos para justificar el control social. Yuval Harari plantea en un artículo que data ya de varias semanas el riesgo que implica que la tecnología esté a disposición de los gobiernos para el control de la sociedad, en lugar de que esté a disposición de una ciudadanía capaz y capacitada para administrarla en su propio beneficio. 1 Globaltecnos SA. En la Argentina, una cultura política extremadamente paternalista y por ende personalista, ha llevado al gobierno a enfocar la respuesta a la pandemia tomando como única alternativa una herramienta que se debería enmarcar en una estrategia más amplia. En general el confinamiento es tomado como una medida muy dura y temporal que permite ganar tiempo en pos de tres objetivos: aplanar la curva de contagios, concientizar a la sociedad respecto de las medidas de distanciamiento social y fortalecer la infraestructura de salud. Pero en nuestro país parecemos haber entrado en una lógica basada en el confinamiento como única respuesta, casi no se ha desarrollado una estrategia de concientización de la sociedad, no hay campañas que aprovechen las nuevas tecnologías para llegar a amplios sectores con piezas de comunicación que apuntalen la salida de la cuarentena y no existen datos concretos sobre como se ha fortalecido el sistema de salud. La estrategia parece estar más basada en el sesgo paternalista de un gobierno que se para más en el rol de protector que de empoderador y articulador de los diferentes actores para encaminar la situación. En este marco de acción prevalecen el control estatal, la coerción, la falta de una mirada estratégica y las respuestas económicas son reactivas y por sectores, lo cual habilita luchas de poder e intereses por tener prioridad de la mirada estatal. La racionalidad en el establecimiento de prioridades de gasto va disminuyendo y el gobierno tiene que atender cada vez más urgencias económicas generadas por la continuidad de la cuarentena total, en lugar de, por ejemplo, fortalecer más el sistema de salud. En un ataque estratégico el tiempo de confinamiento hubiere sido aprovechado para empoderar la sociedad, concientizar respecto de las medidas de distanciamiento social, indentificar los sectores (sociales y geográficos) en los que circula el virus y elaborar una estrategia de salida ordenada. Esto, de mínima, no sembraría tantas dudas respecto de como va a ser la salida de la cuarentena o si va a ser dirigida y ordenada antes que espontánea y caótica sumando incertidumbre a la que de por si la situación tiene.
Lic. Manuel Font

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