Sangre o razones.

Sangre o razones.

Fabio José Quetglas

 (Diputado Nacional/ UCR Pcia de Bs As)
La fascinación por la violencia ha ocupado un lugar central en la historia argentina, incluso más allá del ejercicio material de la misma. Desde hace mucho tiempo hay un gusto, una preferencia por la voz altisonante, la estética de combate, las palabras asociadas al orden militar, la configuración de los otros como enemigos o adversarios problemáticos, la construcción de los escenarios políticos como elementos de confrontación excluyentemente, etc. Se trata de un vocabulario, una perspectiva que en parte es una herencia de tiempos verdaderamente violentos, pero en parte se sostiene por una elección. Muchos actores deciden sostener con su voz una tensión de esa naturaleza.

El grito, la sugerencia amenazante o las referencias a los efectos de la violencia (por ejemplo, la sangre), no hacen más que alejar a muchas personas de la conversación pública, es intimidante y en algún sentido es elitista, porque reserva el debate político al ejercicio valiente, cuando en cualquier caso es un derecho de todos los ciudadanos.

Personalmente, era muy joven cuando la el Dr. Raul Alfonsin lidero es momento cívico tan particular, que luego denominamos “primavera democrática”. Fueron años densos, cargados de traumas heredados que se debían resolver para construir una democracia duradera. El Presidente era asediado, no solo por las circunstancias difíciles que le correspondía gestionar, sino por actores socio-políticos concretos que enfrentaban sus políticas. Por supuesto, tuvo aciertos y yerros, y muchas cosas pudieron construirse y otras son una cuentas pendientes; sin embargo toda una generación de militantes políticos y sociales y de ciudadanos y ciudadanas en general, fuimos inspirados en aquellas ideas sencillas y al mismo tiempo profundas: la democracia es dialogo, en el marco de la democracia no hay enemigos, las instituciones legitimas de la Republica deben respetarse (con independencia de que nos plazcan o no sus decisiones), y por supuesto las amenazas están fuera del dialogo cívico.

La fascinación por la violencia en nuestra cultura conspira contra nosotros, empobrece nuestros diálogos, transforma a la política en un guetto cultural, limita la posibilidad de acuerdos de Estado, bloque nuestra creatividad, reivindica en cada espacio político a los actores más fanatizados. Además de ser una práctica inercial, tribal y antipluralista.

Por suerte, la enorme mayoría de las veces, el tono “barra brava” no pasa de ser un modismo aceptado y hasta legitimado; su presencia da cuenta de la libertad de palabra y del espacio que le hemos dado (todos) a ese modo de comportamiento y de expresión.

Sin embargo, creo que sería una gran contribución a nuestra superación como sociedad, intentar el abandono de la amenaza, tratar de renunciar a la idea de que las posiciones propias están avaladas por una “verdad histórica”, o desconocer los puntos de vista que no se comparten.


La recuperación de los argumentos como base del dialogo, y por tanto de las referencias estadísticas ciertas y claras, el reconocimiento a la legitimidad de las instituciones republicanas (sin renuncia alguna a mejorarlas), y la aceptación de la coexistencia de intereses y valores diversos como un rasgo de libertad material de una sociedad, son los fundamentos para alejarnos de las evocaciones violentas y disfrutar de la riqueza del pensamiento diverso, alternativo y tolerante.


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